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lunes, 13 de noviembre de 2023

 La Campana del Diablo


Muchas son las historias que rodean el pueblo mágico de Metepec en Edo. De México, a los ojos turísticos es un lugar lindo, en el que puedes contemplar un gran número de trabajos artesanales de diferentes estilos y técnicas, puedes disfrutar de sus distintas festividades y tradiciones, pero hay una fecha en el calendario de este lugar, que la mayoría de los habitantes prefirieron no recordar. La iglesia más antigua a la fecha es La Parroquia, conocida también como el Ex Convento de San Juan Bautista, en segundo lugar se encuentra la Capilla de la Virgen de los Dolores, mejor conocida como la Iglesia del Calvario, que se encuentra en el Cerro de los Magueyes, uno de los sitios turísticos más visitados del pueblo, sin embargo como en la mayoría estos lugares, lo que atrae a la gente es la vista, lo lindo del paisaje, lo superficial, pero tanto el cerro como la capilla, guardan historias oscuras. Hay leyendas que pertenecen al folclore y hablan de la Tlanchana añorando una campana de esta iglesia, pero la historia que ya casi nadie recuerda es la que me contó mi abuela, ella era una mujer muy apegada a sus tradiciones y a las creencias de la iglesia de su pueblo, esta historia, llegó a ella directamente del padre de aquel lugar.

La iglesia comenzó su construcción en 1788, finalizando en 1850, esta historia transcurre a inicios de la década de 1930, durante todos estos años la Capilla de la Virgen de los Dolores tenía campanas normales, comunes y corrientes, pero dada la devoción y gusto por su religión, los habitantes de Metepec decidieron hablar con el padre de la iglesia para proponerle un regalo a la capilla por parte de su pueblo, todos donarían piezas de oro sin importar el tamaño, para enviarlas a fundir y hacer un instrumento con el que adornarían aquel campanario y dispondrían de su gran sonido para llamar a los feligreses, el padre no se encontró muy convencido con la propuesta, sin embargo el pensamiento de mantener lo más linda posible la casa de Dios lo llevó a aceptar, y fue entonces que en la siguiente misa, se comunicó la idea al pueblo y se dijo que quien quisiera apoyar podría llevar sus donaciones directamente al padre en el transcurso de la semana. No pasó mucho tiempo para que la voz se corriera y día con día muchas personas acudieron a dejar su granito de arena para la causa. En la misa siguiente, el padre expresó su felicidad por la gran cooperación de las personas para poder cumplir con ese regalo que querían ofrecer a la virgen de la iglesia. Un día después, el padre junto a su sacristán, salieron del pueblo para realizar la encomienda de llevar todas las piezas de oro con las personas que podrían hacer el trabajo que requerían. Llegaron con los campaneros y después de la explicación del padre ellos le dijeron ­—Es un trabajo complicado padre, y el problema como bien dice, no es el pago, sino que deberá cuidar muy bien la campana, ya que su valor será demasiado alto. —El padre no dudó ni un momento y les indicó que prosiguieran con el pedido, y así lo hicieron. Pasaron tres semanas y el día de san Bartolomé se acercaba, tanto el padre como los creyentes pensaban que era imperativo tener listo el campanario para antes de esa fecha, pues en la misa que se llevaría a cabo ese día, podrían hacer sonar la campana de oro y ahuyentar al demonio que, como sabrán, se dice que cada año desde las once de la noche del día 23 de agosto y hasta las once de la noche del 24, el demonio anda caminando entre nosotros, en las calles, causando desgracias. 

El padre decidió acudir al pueblo en donde se encontraban los campaneros para revisar el avance de su trabajo, salió de Metepec nuevamente y al llegar al lugar, estos hombres se dirigieron a él de inmediato —Creímos que no vendría padre, que no podríamos llevar la campana a su iglesia — ¿Pero qué paso? ¿Por qué no la han llevado? —Preguntó el padre confundido al ver que la campana estaba terminada y lista para subirla a la carreta que la transportaría, los hombres pusieron cara de preocupación y miedo a la vez, luego respondieron —Pues verá padre, cuando le dijimos que la tendrían que cuidar muy bien, nos referíamos a las personas malas, ladrones, bandidos, ya sabe, gente mal viviente, pero estos días, desde que la terminamos no hemos podido salir de aquí, ya sea durante el día o en la noche, pero hay señoras que vienen ¿si sabe a quienes me refiero? se le quedan viendo a la campana y no se mueven de la calle, como si la estuvieran vigilando, pero el peor fue hace un día, terminamos de trabajar por ahí de las diez de la noche, ya estábamos acomodando todo para entrar a la casa cuando llego un señor vestido de negro, en un caballo del mismo color, se veía que era de dinero y de familia bien acomodada porque las espuelas que traía eran de oro, se nos acercó y nos dijo que la campana estaba muy bonita, que qué queríamos por ella, le dijimos que era un trabajo que nos habían pedido y ya estaba pagado, y como que no le pareció la idea, nos volvió a insistir pero le dijimos que no podíamos dejar mal a nuestros clientes, luego nos miró y nos dijo <A su cliente ni le importan, solo ustedes creen que sí, y esto es para complacer la ambición del pueblo, no a su cliente> Luego subió a su caballo y se fue, se nos puso la piel chinita y nos metimos pa’la casa, estábamos esperando a que viniera para que nos acompañara a dejarla al pueblo, supongo que su presencia puede ayudar a alejar, pues ya sabe, lo que sea que se quiera acercar —El padre permaneció callado un momento, con la mirada perdida, varias ideas pasaron por su cabeza, pero la respuesta no importaba, la campana debía llegar a la capilla. Acomodaron todo y salieron en su viaje, durante el camino, cerca del atardecer, pudieron notar que había personas observándolos de lejos, ellos se mantenían alerta en caso de que quisieran asaltarlos, pero eso no ocurrió, simplemente los veían, como si solo estuvieran vigilando su camino.

La noche cayó sobre las veredas en las que andaban y aunque ya se encontraban en las entradas del pueblo, no conseguían sentirse tranquilos ni un momento, la sensación de ser observados por alguien los mantenía tensos, los asfixiaba y los estaba volviendo paranoicos, pues los días pasados les habían dejado claro que no solo los ladrones vagan por los caminos en la noche. Con mucha inquietud ya tarde, llegaron a Metepec cerca de las once, y una vez estando a los pies de las escalinatas pudieron dar un respiro de alivio, el padre les pidió que dejaran la campana ahí, a los pies de la iglesia para subirla al día siguiente, les indicó que pediría apoyo para cuidar la campana, que ellos podían dormir en los cuartos de la Parroquia para poder salir a su pueblo temprano por la mañana, los mandó a la iglesia y les pidió que hablaran con el sacerdote para que acudiera como apoyo, y así fue como un padre de la iglesia de San Juan Bautista, junto con dos monjes que se encontraban de visita ayudaron haciendo guardia, velaron toda la noche cuidando la campana y haciendo oración, pues el padre de la capilla les había platicado de aquellas mujeres que estuvieron rondando el negocio de los campaneros y del hombre que fue a visitarlos personalmente.



La noche pasaba lentamente, y a pesar de estar muy bien abrigados, el clima se tornaba cada vez más frio para ellos, la neblina comenzaba a hacerse presente a los pies de aquel cerro y de la iglesia, pero la voluntad de aquellos hombres de Dios era inquebrantable, no se irían ni dejarían la campana sola; decidieron dormir por turnos y fue entonces que, minutos después de las tres de la mañana, uno de los monjes vio un par de luces en uno de los caminos del cerro, eran como de unas velas, enseguida despertó a su compañero para estar alerta, las vieron avanzar e ir bajando, pero por la posición en la que se encontraban las perdieron de vista, detrás de ellos, la voz cansada del padre de la Parroquia rompía el silencio —No dejen de rezar, no son personas, son las velas de unos faroles y estoy seguro que muy pronto estarán por acá —Los monjes continuaron rezando como se los pidió el hombre, y pocos minutos después una carreta vieja, tirada por dos caballos negros y alumbrada por dos faroles se hacía presente frente a ellos, a los pies de las largas escaleras de la iglesia, los tres hombres, por muy entregados a su religión y a Dios, no pudieron controlar el miedo, y más aún aquel padre que, aunque no quería creer en esas cosas, sabía que esa carreta provenía de las entrañas de aquel cerro a sus espaldas; lo caballos quietos como estatuas, sin hacer ningún sonido ni movimiento, el pueblo más callado que un cementerio y los tres hombres temblando por aquella siniestra visita, ignorando quien era el conductor, permanecieron atentos a cualquier movimiento o avistamiento, pero un aire muy fuerte comenzó a mover los arboles de manera violenta, las velas de la carreta se apagaron y el sonido fuerte de una de las campanas de la iglesia hizo retumbar sus cuerpos, de manera rápida dirigieron la mirada hacia atrás para ver quién y por qué las estaban tocando a esa hora, pero al poner la vista en el campanario no había nadie, ni se estaban moviendo las campana, de inmediato regresaron su mirada al frente pero la carreta ya no se encontraba ahí, y no se le podía ver avanzando en el camino, en cuestión de segundos se había ido junto con esa ráfaga de viento, a partir de ese momento la noche fue eterna para ellos. 

Al día siguiente ambos sacerdotes hablaron y se convencieron de que lo mejor era comenzar a subir la campana lo más pronto posible, llamaron a varios hombres que previamente se había ofrecido como voluntarios para realizar la tarea; el camino a la cima, a pesar de no ser tan largo, no es el mismo cuando tienen que subir algo tan pesado como una campana de oro, por lo que los hombres comenzaron desde temprano a llevarla hacia arriba. Durante el primer día, transcurrida la tarde, una sensación exagerada de calor comenzó a agotarlos, varios de ellos sufrieron de insolación y no pudieron continuar, dejando la campana a mitad del camino, el padre les indicó que fueran a casa a descansar y que ellos harían guardia en la noche nuevamente, y así, ambos padres junto con los monjes pasaron la noche en vela, cuidando el regalo que el pueblo había hecho para la capilla. En esta ocasión se sentían más seguros, pues no se encontraban junto al camino, en donde había pasado la carreta el día anterior, pero a pesar de eso, algo no les permitía conciliar el sueño, la sensación de estar siendo observados continuamente los estremecía, los sonidos de personas corriendo en la parte superior del camino los mantenía con los ojos muy abiertos y en oración constante, sabían que algo les estaba haciendo compañía en aquella noche nubosa y oscura; de repente el relinchar de un caballo los hizo mirar hacia la parte superior de las escalinatas y ahí, ante sus ojos, un hombre vestido de negro y cubierto de la cabeza con la capucha de su poncho desgastado, bajó del caballo y se dirigió a ellos —Que campana tan elegante, demasiado para esta iglesia diría yo, le podemos encontrar un mejor lugar —El Padre de la capilla de inmediato se puso frente a la campana y le dijo a aquella persona que se fuera, que no tenía derecho siquiera de poner un dedo en la campana, que era un regalo de los hijos de Dios para su iglesia, aquel hombre encapuchado soltó una risa ligera pero burlesca y lo que dijo después, marcaría la historia de aquella capilla —Me encanta como creen que una campana los acercará más a Dios… No volveré a perder contra ustedes, esa campana me gusta y la quiero, tienen tres días para subirla y poder tocarla, si al anochecer del tercer día no se encuentra arriba, me la llevaré, y cuenten este día como el primero —El hombre regresó a su caballo y se perdió dentro del cerro, aquellos hombres decidieron no contar nada a las personas que les ayudaban a subir aquel instrumento de oro, así evitarían que la gente comenzara a hablar y a distorsionar la situación. Por la mañana siguiente, las personas acudieron al lugar para continuar el camino, y no faltaba mucho para llegar hasta la parte de arriba en donde se encontraba la iglesia, pero pareciera que el destino estaba en contra de aquellos trabajadores, pues en cuestión de minutos el cielo comenzó a llenarse de nubes negras y una intensa lluvia cayó sobre el pueblo, por más que trataron de seguir avanzando la tormenta se los impedía, pues era realmente peligroso subir aquellas empinadas escaleras con ese objeto tan pesado, decidieron parar hasta que se calmara la lluvia, pero esto no ocurrió, la tormenta continuó durante toda la tarde y noche, el padre junto a su sacristán solo podían ver desde la puerta de la iglesia como aquella campana ya estaba más cerca de llegar a su destino, la lluvia se tornaba cada vez más fuerte junto con un viento abrumador, los enormes arboles del cerro se movían de tal manera que pareciera que iban a caer y el agua corría como rio por las escalinatas del calvario, las puertas de la iglesia tuvieron que cerrarse para evitar que entrara el agua, y la campana permaneció ahí afuera, abandonada en la oscuridad.


Al amanecer, cuando el sol comenzaba a iluminar el pueblo y el sacristán se dirigía a tocar las campanas, una escena frente a él lo paralizó, corrió de inmediato con el padre para informarle que la campana se encontraba a los pies de la iglesia nuevamente y mientras  éste salía de inmediato para confirmar lo que su compañero le había comentado, el sacristán corrió a visitar una por una las casas de los hombres que estaban ayudando, para decirles que la lluvia había arrastrado la campana hasta los pies del calvario, por supuesto que se les hacía muy extraño que estuviera intacta y de pie, pues al resbalar, debió haber rodado todo el camino hacia abajo, sin embargo, verla en perfecto estado los tranquilizó, de inmediato se reunieron y comenzaron a subirla, sin embargo ese día, desde el primer momento en el que cargaron la campana se sentía demasiado pesada, caminaban pocos escalones y se tenían que detener para descansar, pues el peso de aquella campana era inexplicablemente mayor, el día pasaba y la gente comenzaban a frustrarse pues no entendían porque no lograban avanzar sin agotarse tan rápido, era realmente ridícula la cantidad de escalones que podían subir antes de necesitar descansar, debido a esto, más personas se unieron para intentar subirla pero a pesar de sus esfuerzos, mientras más avanzaban esta se volvía más y más pesada, cayó la noche y los hombres continuaban intentando llegar hasta arriba, el padre salió a implorarles que no se detuvieran hasta llegar a la cima, y estos con mucha voluntad y sin rendirse, lograron llevarla hasta la entrada de la iglesia, aquellos hombres celebraron entonces, pues después de tanto esfuerzo ya habían concluido su tarea, le dijeron al padre que regresarían por la mañana para comenzar a subirla y colocarla en el campanario, él les suplicó que lo hicieran en ese momento, pero los hombres estaban realmente agotados, y no tenían las fuerzas suficientes para terminar el trabajo en ese momento, se disculparon con el padre y antes de irse le dijeron que no se preocupara, que mañana a primera hora estarían ahí, antes de que sonaran las campanas, el padre envió a su sacristán a la parroquia para llamar a su compañero de esa iglesia, pues sabía que ambos debían cuidarla esa noche, los monjes ya no se encontraban en el pueblo, por lo que solo estarían ellos tres velando junto a la campana.


Las puertas estaban abiertas y las velas que iluminaban la iglesia permanecieron encendidas, cerca de la media noche los padres comenzaron a sentirse cansados, con sueño, y mientras se esforzaban por no cerrar los ojos, el sonido de gente caminando y hablando en silencio rompió la quietud de su velada, de inmediato se asomaron hacia las escalinatas y se dieron cuenta de que varias personas vestidas de negro caminaban hacia arriba en dirección a ellos, por su cabello y sus vestimentas se dieron cuenta de que eran mujeres, al menos siete de ellas, la última figura, la que caminaba hasta a tras de ellas, era un hombre, del que no alcanzaron a ver el rostro, pues esa parte de la iglesia estaba muy oscura, ambos padres comenzaron a orar y el sacristán corrió por agua bendita pensando que de algún modo eso les ayudaría, pero ni siquiera tuvieron oportunidad de hacer algo, con cada paso que daban aquellas mujeres, los hombres sentían un sueño y cansancio abrumador, tenían una sensación extraña dentro de ellos, como si estuvieran enfermos, mareados, les faltaba el aire y les costaba trabajo mantenerse de pie, lo último que pudieron ver fue a esas mujeres subir hasta donde ellos se encontraban y sin poder decir ni una palabra, se quedaron dormidos.


Muy temprano, en la mañana siguiente, los trabajadores despertaron a los padres y al sacristán, quienes se encontraban tirados a la entrada de la capilla, asustados les preguntaron por la campana, pues no estaba en el lugar donde la habían dejado el día anterior, aquellos hombres soltaron unas lágrimas y el padre de la capilla solo les pudo decir que no pudieron protegerla, les dijo que las mujeres que acompañaban al demonio se la habían llevado, los hombres no les creyeron, o al menos no del todo, pensaron que tal vez una banda de ladrones había golpeado a los padres y se la habían llevado, el pueblo fue informado en la misa de aquel domingo veinticuatro de agosto. La historia se contaba aun dentro de la iglesia, se contaba como el diablo había robado la campana con ayuda de las brujas del pueblo, cada padre que llegaba a la iglesia, ya sea a la parroquia o a la capilla, conocía la historia. 


Los años pasaron, mi abuela llegó al mundo y mientras crecía se hizo una persona muy apegada a la parroquia y al padre, pertenecía a ese pequeño grupo de personas que siempre estaban ahí para ayudar en cualquier festividad, fue entonces que mientras ayudaba con los preparativos de la misa, escuchó las campanas de la iglesia sonar y corrió con el padre para preguntar porque se habían adelantado a llamar a la gente a misa, el padre la miró y la llevó a fuera, al patio de la iglesia, le mostró que ninguna de las campanas de las dos iglesias se movían, entonces le dijo —A veces, en esta fecha, en el día de San Bartolomé, si el pueblo esta callado, y pones mucha, pero mucha atención, puedes escuchar el momento exacto en el que diablo toca la campana de oro que se robó, la campana que era para la Capilla de la Virgen de los Dolores, con la que llama a sus más oscuros seguidores para celebrar el día en el que pudo ganarle a los hijos de Dios...



 La historia me la contó mi abuela, entre muchas otras, ciertamente me encantaba escuchar sus historias, me gustaba imaginarme todo lo que ella decía, pero siempre quedaban como eso, historias que me contaba para entretenerme cuando no podía salir a jugar al patio porque estaba lloviendo, o en día de muertos para asustarnos un poco. No fue sino hasta el año 2007, que regresando de la fiesta de cumpleaños de mi prima, la cual celebramos un día después porque había caído entre semana, me encontraba caminando solo de madrugada, el lugar en el que había sido la fiesta estaba demasiado cerca de la casa de una de mis tías, en donde pasaría la noche, pude mirar gente extraña siguiéndome, y por supuesto que me ponía intranquilo, podían hacerme algo, asaltarme, no sé, cualquier cosa, además estaba muy sola la calle, decidí entonces apresurar el paso, seguí corriendo por aquellas calles empedradas, la iluminación de las casas parecía no existir, como si todo mundo se estuviera escondiendo esa noche, la luna sobre mí era mi única guía, mi única luz, por momentos venían a mí las historias que me contó mí abuela, pero no creí que realmente pudiera vivir en carne propia una experiencia así. Me encontraba corriendo por una de las avenidas principales, cuando un ruido me estremeció por completo, por más que me alejaba de aquellas iglesias, de la parroquia y de la capilla, podía sentir el piso vibrando, las campanas sonaban de manera abrumadora retumbando en todo el pueblo, pero nadie las estaba tocando, ese sonido no era de las torres del campanario, venía desde abajo de la tierra, entonces recordé la historia, eran las campanas que según los habitantes había robado el mismo demonio y que al tocarlas hacía una invitación a sus oscuros feligreses. Doblé en una esquina en dirección hacia la casa donde me quedaba y de reojo pude notar un pequeño grupo de gente, todos vestidos de negro que caminaban rumbo a la iglesia, no me detuve a verlos bien, pues no soportaba un minuto más en esas calles a esa hora y con ese sonido retumbando en mi pecho, estaba a punto de entrar a la casa cuando una voz a mis espaldas me detuvo de golpe —Son las almas de los que no encontraron la luz, de los que aguardamos atados en la oscuridad por habernos inclinado ante el —Me congelé sin poder mover un solo musculo, sin poder girar la llave y entrar por la puerta, en ese momento caí en cuenta, de la fecha en el calendario, ya era veinticuatro de agosto.

 

“A veces, en esta fecha, en el día de San Bartolomé, si el pueblo esta callado, y pones mucha, pero mucha atención, puedes escuchar el sonido de la campana que proviene desde adentro del cerro, el sonido ahogado de la campana del diablo…”


† ̶K̶ ̶R̶ ̶A̶ ̶K̶ ̶E̶ ̶N̶ ̶†

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